sábado, 22 de septiembre de 2012

SOBRE LA TIERRA. (Hamlet. El honor de la venganza, Franco Zeffirelli.)



El sepulturero canta mientras abre una brecha en el suelo del tamaño de una mujer menuda.
Mira a lo lejos y divisa dos hombres de negro a caballo. Se acercan y preguntan quién estará debajo de esa tierra mañana. El sepulturero prefiere responder con evasivas.

                                                              * * * * * *


El príncipe salvado de morir en Inglaterra desciende de su caballo, yo le sigo y nos aproximamos a la sepultura.
Tras unos minutos de infructuosa conversación con el obrero, tomamos asiento junto a los montones de arena húmeda que sale de la garganta de la tierra.

¿Cuánto tarda un cuerpo en descomponerse totalmente?
Unos ocho años, señor, aunque algunos tardan más... Éste, por ejemplo lleva muerto veintitrés años.
¿Sabes quien era?
Como no he de saberlo! Era el bufón del Rey.
                                         
                                                               * * * * * *


Me incliné y cogí con mis manos ese cráneo amarillento y ajado que me miraba desde su vacuidad.
Le devolví la mirada buscando el espectro de lo que debieron ser sus ojos.
Ah Yorick, viejo amigo! Yo te recuerdo!
Aquí, debajo de este vacío se encontraban los hombros a los que tanto trepé en mi niñez y sobre estos huesos colgaban los labios que tantas veces besé con afecto, los mismos que se abrían para hacer ridículas muecas, cantar burdas canciones, proferir locuaces insultos... Te recuerdo, amigo,
¿Dónde está todo eso ahora? Se lo llevó el tiempo, la muerte sólo ha dejado de ti esta carcasa inerte e inservible que no ama ni recuerda...

Anda, ve al cuarto de mi dama y dile que debajo de esa gruesa capa de maquillaje que se pone cada día, se esconde el aspecto que ahora tú mismo presentas!
                                                             
                                                               * * * * * *


Al día siguiente, en ese mismo lugar, daban sepultura a la joven Ofelia.



 Reescritura libre de fragmentos de la película.                                                            

                                                             

LA CARTA A UNA MAESTRA. (Una jornada particular, Ettore Scola.)


El momento confesional en el que se rompe el silencio doloroso es obertura desde la oscuridad de los años muertos en toma de decisiones. Ahora, en esta intimidad, nos damos cuenta del abismo en el que nos encontramos.

Pelear y dejar las venas abiertas de este final en el que solo nosotros podemos actuar.

Cuando encontró aquella carta en los bolsillos de su traje gris, sus páginas le volcaron a gritos en las manos el vacío de todo lo que él estaba buscando en realidad, lo que quería para llevar a cabo sus pasos fríos en las sombras de sus líneas.

A la mujer culta que ella nunca fue.

A ella nunca le escribió una carta así, ni siquiera en sus mejores años, en los que todavía se reían juntos de cualquier cosa, porque ella era una mujer ignorante, y “a una mujer ignorante todo el mundo la manipula.”

Aquel era el momento, el que le hizo creer en su propia libertad.

Ahora leía a Dumas entre los geranios rojos de la ventana, espiando todos los movimientos de su vecino, porque sospechaba que se marcharía para siempre.

Y cuando fue así, todo desapareció y se quedó una mancha de tinta agria que se fue borrando con el tiempo.

Cuando así fue, no encontró un solo rastro de coraje en su sangre y apagó las luces del salón y volvió a la cama.

martes, 11 de septiembre de 2012

NOSOTROS Y EL FINAL DEL FINAL DE LA ESCAPADA. ( Al final de la escapada, Jean-Luc Godard.)


La noche del cabo revelada en un inmenso radar...” J.D.


También se había sentido así alguna vez, pero no quería admitirlo, porque su relación era perfecta, aunque dudaba si se encontraban en algún punto suprahumano entre los que no se ven y los que se ven demasiado.

Pero esa habitación vacía... En realidad, conteniendo dos trayectos circulares, que eran sus pasos sobre sus pasos, que eran sus dos mentes disonantes, sus dos monólogos divergentes...


A su alrededor tantas personas que ya no se veían, ejemplos cercanos que amenazaban en los sueños, que se habían quedado totalmente a oscuras, ellos, tan a la luz del día.

Si tú cruzas, yo cruzo, se decían, y siempre cruzaban, siempre cruzaban...

Tenían el color especial de las ojeras y el abatimiento, la rabia que evocaba momentos pasados, entre la nieve y el sudor. Entre todas esas líneas desordenadas, se buscaban en la densidad de la noche, encontrándose, a veces tristes y sin mediar palabra, con la estructura sonriente y el velo medio caído.


Calle arriba, Michel cae abatido por un tiro, Patricia le mira de pie sin derramar una sola lágrima, sin saber qué debe pensar de todo aquéllo, tal vez con la cabeza demasiado agotada.








jueves, 6 de septiembre de 2012


UNA LATA DE MELÓN EN ALMÍBAR. EL PIANISTA (Roman Polansky)


Me encuentro mirando directamente a los ojos del peligro y me pregunto si retirarme y mantenerme a salvo en un piso oculto en el ghetto, observando desde la ventana cómo la nieve cae lentamente y el mundo se acaba entre los adoquines es un acto de cobardía.

El miedo a morir de rodillas me aturde, prefiero pensar que algún día encontraré la herramienta necesaria para salir de aquí o se romperá el silencio cubriéndolo todo de cenizas.

Escondido en algún otro lugar observo los movimientos de la gente desde la esquina de una ventana rota.
No tengo recursos suficientes, quiero abrir esa lata rodante que significa mi subsistencia, mi fortaleza , mi orgullo, lo único que me queda por hacer con mis propias manos, sin matar.

Me reconfortan el pan y la mermelada, el abrigo que llevo sobre los hombros, pero lo que me ha enseñado que no soy un cobarde observando la nieve es el haber encontrado ese abrelatas entre el pan de centeno, la herramienta que me faltaba para demostrarme a mi mismo que existo por dentro también y que no estoy completamente solo.